Hacía calor, mucho calor esa tarde, cuando en compañía de Bartolomé Olivares salimos a la autovía para llegar al nuevo Centro Penitenciario de Córdoba.

Sobre una de las suaves lomas amarillas de nuestra bella campiña se ubica el triste recinto. Cuando llegamos a sus puertas, primeros controles. Una vez dentro, más controles, documentos de identidad, distintivos, y puedo comprobar que mi amigo Bartolomé es ya muy conocido por los funcionarios. Sus largos períodos de visitas impartiendo su Aula de la Naturaleza, han conseguido que mi activo amigo se mueva dentro de la cárcel con toda confianza y naturalidad. Después de recorrer distintos pasillos salimos a unos patios enormes, ajardinados y en donde sus enormes muros lucen unos bellísimos murales.

Pasamos ante el espacio en el que se ha desarrollado impulsado y conducido por Bartolomé un gran huerto ecológico. Él me comenta complacido, lo que ha supuesto de ilusión y descubrimiento para el grupo de personas que han participado el poder con sus propias manos crear un espacio tan productivo y alternativo, del cual se extraen gran variedad de verduras y frutas.

Entramos en el interior de uno de los pabellones, los pasillos están pintados de colores agradables. Cualquiera diría que estamos en un Instituto de enseñanza o una Universidad. Realmente me impresiona de manera agradable y me aleja de la visión que desde fuera tenemos de la cárcel. Otra cosa es lo que ella significa para sus residentes o los problemas de masificación que padecen.

Entramos en el Aula donde se va a desarrollar el trabajo que traemos preparado sobre la influencia de la Naturaleza en el Arte. Comienzan a entrar las personas participantes. Yo les sonrío y ellos saludan. Miro sus rostros. Los hay tristes, absortos, cansados, algunas miradas perdidas, algunos ojos escudriñadores, pienso que independientemente de lo que podamos aportar de conocimiento o relajación a sus vidas, sus intenciones al participar pueden ser liberadoras, escapadas transitorias de la rutina carcelaria, que evidentemente es dura y enajenante.

Bartolomé prepara el ordenador y el proyector y me presenta a todos los asistentes. Les explico en lo que va a consistir nuestro trabajo y les pido su participación ya que sin ella nada tendría sentido.

Comienzan a aparecer en la pared las imágenes seleccionadas. Hacemos un recorrido por toda la Historia del Arte, desde las obras aparecidas en las cavernas hasta las últimas tendencias en las que la Naturaleza ha servido como estimulante, como inspiración, también como elemento esencial y como soporte: pinturas rupestres, tótems, dólmenes y menhires, los paisajes como fondo en las obras del Renacimiento, las escuelas paisajistas inglesas y francesas del siglo XIX, los estudios de la luz en el campo de los pintores impresionistas, las acuarelas de los maestros orientales, las contemporáneas intervenciones en la propia Naturaleza de los artistas de las últimas décadas del siglo XX, los movimientos Land Art y Minimal, donde elementos naturales, algunos efímeros, son utilizados por los artistas para crear belleza y como final presento también mi obra en la que el influjo espiritual de la Naturaleza se hace evidente.

Iniciamos debate o reflexión de lo visualizado y de mis comentarios. Intento arrancar sus opiniones. Es difícil. El Arte no forma parte de los programas educativos de nuestro sistema, no se fomenta por los medios de comunicación, y aunque está presente en nuestras vidas, pasa totalmente desapercibido. Estas personas, independiente de su situación actual, reflejan el estado mental de nuestra sociedad en la que se ha instalado lo soez, lo vulgar, y la expresión artística es una gran desconocida.

Poco a poco y ante mis provocadoras palabras, se animan a describir sus emociones, sus experiencias, algunos incluso, percibo son personas de un nivel medio-alto de cultura, otros curtidos por las experiencias de su vida, llegan incluso a analizar profunda y sutilmente algunos aspectos. Otros callan pero noto que escuchan y observan. Todo esto es bueno y positivo.

Lástima que el tiempo es limitado y quizás sea pedir demasiado para tan solo un primer contacto. Creo en el Arte. En su poder de seducción, de sensibilización, de curación y como estimula la comunicación entre las personas, por eso espero y así se lo hago saber a mi amigo Bartolomé Olivares, que este día sea el inicio de una serie de encuentros que puedan hacer llegar a estas personas todo el hermoso potencial que el Arte y la Naturaleza nos ofrecen.

Terminamos y nos despedimos, saludos, sonrisas y fotos.
Salimos y vuelven los controles. Ya en el exterior, respiro hondo y el aire caliente y denso inunda mis pulmones y seca mi boca. Hacemos un comentario estético sobre la imagen que nos ofrece la silueta de un antiguo cortijo con sus árboles oscuros que se eleva en una loma cercana.

En silencio salimos de nuevo a la autovía. Como en un sueño, mi mirada se pierde por los montes dorados que nos circundan y creo ver una figura, que es la mía corriendo despavorido sobre los duros terrones de la tierra. Huye, huye de prisa. Todo será motivado por un extraño sentimiento. Los muros ya han desaparecido de nuestra vista y quedan atrás, muy atrás.


En Córdoba mes de julio de 2009


José Márquez Montero